“Ocúpate del alma, dijo el gordo vendedor de carne”, propone una hermosa de Joaquín Sabina. A través de sus versos plantea el encuentro con el propio reflejo en el espejo, cuando ya no hay ninguna máscara. “Déjame solo conmigo, con el íntimo enemigo que malvive de pensión en mi corazón”, continúa la letra que, en un primer momento, desarrolla una serie de órdenes contradictorias (“Corre, dijo la tortuga; atrévete, dijo el cobarde”) que ponen de manifiesto que la relación con uno mismo no es tan diáfana y transparente como creemos o quisiéramos.
Ocuparse del alma era un imperativo clásico de los estoicos, en la línea del “Conócete a ti mismo” de los griegos. No es raro que hoy se publiquen muchos libros de aquellos filósofos (Cicerón, Séneca, etc.), así como se editan manuales de introducción, que pusieron en un primer plano el valor de la existencia. En tiempos de crisis y decadencia social (como lo fue el derrumbe del Imperio Romano) queda volver a uno mismo y preguntarse por lo más básico de la buena vida.
Sin embargo, nosotros no somos filósofos. Somos consumidores, personas con atención distraída, con vínculos frágiles. Cuando volvemos a nosotros, nos encontramos desgarrados, como el personaje de la canción de Sabina: “El caprichoso, el orgulloso, el otro, el cómplice, el traidor”. Que un carnicero –en lugar de un filósofo– tenga que recordar el valor de alma es una paradoja bien propia de esta época…
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